viernes, 19 de enero de 2018

¿Así cómo?


Nos queda muy poco ya de la víspera electoral, ese manoseado concepto que legalmente no permite que los candidatos hablen de propuestas ni se publiciten abiertamente, pero que de todas maneras, con las campañas "internas" comienzan ya a saturar el subconsciente colectivo. 

En el ABC del marketing político se tiene bien identificado que aquél candidato que tiene las mayores probabilidades de ganarse el corazón de buena parte del electorado es aquél que logra apoderarse de la bandera del cambio. Elección tras elección vemos postulantes, aspirantes y suspirantes tratando encarecidamente de decirle a la mayor cantidad de gente posible que "ellos no son iguales" y que juntos, podemos finalmente lograr el cambio que buscamos.

Le tengo malas noticias: gane quien gane, nada va a cambiar.

Y para muestra un botón: sin ignorar el reverendo desastre que es Donald Trump en política internacional, manejo de conflictos, posturas ideológicas y demás ámbitos en los que definitivamente no sabe desempeñarse, su país ni se ha ido en picada -por el contrario, tiene indicadores financieros y económicos históricamente excepcionales- ni está a punto del colapso, es decir, a pesar de tener posturas radicalmente opuestas al régimen anterior, en lo más pragmático, el país es el mismo.

No ignoramos datos como el que las manifestaciones de discriminación racial se han incrementado más de 50% y que algunos otros comportamientos sociales meramente relacionados a ideologías y posturas se han visto  a la alza, pero tampoco podemos ignorar que representan sectores menores al 1% de la población total del país.

Volviendo a nuestro país: quienes esperan que el cambio radique en tal o cuál candidato, están garrafalmente equivocados. Todo seguirá igual mientras queramos seguir igual.

Porque México es el país donde una inagotable cantidad de negocios y hogares se "cuelgan" de la energía eléctrica para no pagarla; donde la papelería más cercana es la oficina donde trabaja papá; donde sería impensable censar la cantidad de autos que no respetan las señales de tránsito; donde no está mal visto que existan cantidad de changarros que invadan la vía pública y compitan deslealmente contra quien paga renta, impuestos, y cimenta su negocio por la vía que la ley marca.

Y es que ningún candidato puede convencer a este hombre de que no le pegue a su familia, discriminar o comprar robado. Tantas cosas que esta sociedad perdió ya la sensibilidad de entender el profundo daño que le hacen a nuestra estructura. Y este es el camino a la perdición, porque esa falta de sensibilidad sólo nos lleva a delitos y faltas mayores, desde ahí podemos ir trazando la ruta hacia atrás y encontrar dónde perdimos el rumbo.

No podemos tranferir nuestras aspiraciones a la figura de un político, porque sólo pasará lo mismo de siempre: al cabo de unos meses sólo lo convertiremos en chivo expiatorio.

Basta de que la ley caiga "en los burros del compadre", pero a mi sí, que me den chance.

Si queremos cambios, seamos agentes de cambio. En nuestras casas, colonias, trabajos, y seamos ejemplos a seguir. De lo contrario, ¿de dónde saldrán los candidatos que real y honestamente trabajen para el bien comunitario? Si no fomentamos estos valores en nuestras propias costumbres, estaremos destinados eternamente a buscar el cambio en un cajón vacío.

No pretendemos dilatar el cambio que también debe darse allá en donde se toman las decisiones, donde se otorgan los presupuestos, y donde se arreglan las coaliciones, pero lamentablemente sin gobierno no hay pueblo y no hay pueblo sin gobierno. Ambos tienen que trabajar en generar la ideología, el modo y el camino que nos llevará a donde queremos llegar, pero no, uno sólo no puede con todo.

Pero la realidad es que al desencantado mexicano, al activista de reunión, al que no vota, al que todo reclama, también todo le da flojera.

¿Así cómo?

Por: Orson Ge
Twitter: @orsonjpg




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