viernes, 22 de junio de 2018

El fantasma de la privatización

Sin duda el tema más manoseado de la semana fue la privatización. 



Y pareciera que cada vez que esa palabra aparece en el ambiente, se invocara a un espíritu ancestral o al mismísimo "chupacabras". Los ojos se abren con incredulidad, los dientes se aprietan con coraje y furibundos se comienzan a pronunciar palabras de odio y resentimiento ante quien resulte responsable, se sepa o no de quién se trata. 

"Peña Nieto privatizó el agua mientras tu gritabas el gol de Hirving Lozano contra Alemania" se dijo en las redes el domingo, y para el lunes, las redes estaban incendiadas con insertos en el mismo orden.

Independientemente de las verdades y mentiras, de las causas y efectos de las disposiciones firmadas el pasado 6 de junio con respecto a las 300 cuencas en cuestión, es de llamar la atención el resultado que produjo la palabra "privatización" en el colectivo. La connotación es negativa al cien por cien: un muerto se levantó de su tumba con la firme intención de martirizarnos por las noches del resto de nuestras vidas. 

En nuestro orden mundial, resulta complicado encontrar a un Estado omnisciente que pueda llevar el control de todas las cosas y encima hacerlo eficazmente. La operación gubernamental se ha acomplejado a tal grado, que encima de todo administrar producciones y servicios se convierte en una tarea caótica, y así lo enseña la experiencia, que nos muestra muchas paraestatales en todo el mundo que con mayor potencial, se limitan al modo y a los alcances en que el estado puede operarlas.

Tal vez muchos no se acuerdan, tal vez a muchos no les tocó vivirlo, pero en México cuando los bancos, la única telefónica, y hasta los cines eran operados por el Estado, su servicio era pésimo, lento y desesperante; un franco desorden. A la luz de que sus empleados recibirían siempre su quincena, hubieran o no utilidades, con clientes insatisfechos y literalmente sucursales en el caos, estas empresas no valoraban conceptos como atención al cliente, servicio integral, mínima calidad o responsabilidad social.

Y un servidor aún recuerda la odisea que era para cualquiera ir a Telmex ¡A PAGAR UN RECIBO! Era necesario armarse de valor, esperar horas para averiguar si al dependiente le daba gana a atenderte, o que después de una fila de 9 a 2, te cerraran la puerta en la cara para condenarte a volver el otro día a repetir la dosis.

Justo Telmex es un caso de éxito para darse cuenta que hay casos en que la privatización funciona en algunos casos y es en beneficio no sólo de quien invierte millones en tomar una compañía muchas veces en mal estado -porque no se las regalan al empresario- sino para los usuarios que pueden exigir servicios a la altura de su pago (sabiendo que es algo que no se le puede pedir al Estado). También recuerdo que conseguir una línea era como encontrar oro, sin mencionar lo mucho que ha disminuido el precio por llamada desde entonces. 

Por el otro lado, las expropiaciones en la dinámica macroeconómica y gubernamental de hoy son riesgo para todos, porque le agregas una cabeza más a un Estado que de por sí ya está complicado con las otras que ya tenia. De ahí gran parte de los gobiernos de izquierda, que acomplejan al aparato administrativo gubernamental bajo la bandera de los “beneficios para el pueblo” que a la larga representan daños al mercado interno, por la estatización de los precios que restan competitividad a los integrantes de X industria, cierre de compañías y a la larga, disminuyen la economía nacional.

De modo que antes de escandalizarnos por una aparente privatización, de la cual aún no conocemos las condiciones generales, cuidémonos de los gobiernos que busquen en la expropiación el aparente fortalecimiento del estado, cuando la realidad es que un gobierno que quiere abarcar, controlar y administrar muchas empresas, se convierte en un monstruo de mil cabezas al que hay que alimentar todos los días, y ese sí es un peligro para la dinámica económica como la conocemos. 

Orson Ge
Twitter: @Orsonjpg


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