viernes, 24 de agosto de 2018

Cambiar sin improvisar

Una de las citas más populares atribuidas a Albert Einstein es un aliciente para emprender cualquier tarea humana, y en ocasiones conlleva impulsar cambios: “Una persona que nunca ha cometido un error, nunca ha intentado nada nuevo”. 



En diversas tareas humanas, incluida la labor de gobierno, resulta positivo cuestionarse permanentemente cómo obtener mejores resultados. 

Sin embargo, hay que tener cuidado si se trata de algo nuevo; como bien lo enuncia la cita, el error es un elemento que está presente. Porque la falla es una región de sombra a la que hay que evitar que la luz llegue. 

Sumado a esto, los cambios profundos si desean ser efectivos y aceptados deberán ser paulatinos. En el terreno del gobierno, resulta oportuno actuar siempre con prudencia y valorar entre otros elementos, las consecuencias que lo nuevo puede acarrear. 

Por lo tanto, un camino para tratar de contener los errores es evitar la improvisación en la medida de lo posible. 

Ciertos rasgos culturales contribuyen a que algunas personas tiendan más a ello que otras. 

Como puede fácilmente ser advertido, los mexicanos podemos con gran naturalidad improvisar, rasgo que en muchas circunstancias es positivo, pero, hablando de gobernar y de errores, resulta riesgoso implementar cambios profundos resultado de la falta de planeación, es decir, donde la previsión era posible. 

¿Usted entregaría la totalidad de su patrimonio, fruto del trabajo de toda la vida a un novato en finanzas? ¿Se atrevería a ser operado en una cirugía mayor por un doctor no calificado para ello? Si usted advierte tales hechos, es muy probable que las respuestas ante estos cuestionamientos sean negativas. 

Nadie con sensatez entrega su vida o su patrimonio al azar, si existen más opciones. 

¿Cómo acotar la improvisación de nuestros gobernantes? ¿Cuáles son las tareas de gobierno en las cuáles esto puede ser acotado? La improvisación sin duda, es un exponencial en ciertas áreas de gobierno del número de errores. 

 Habrá ciertos momentos en los cuáles el único camino viable es actuar con lo que se tiene, sin posibilidad de mayor planeación. Pero en todo lo demás, en todo lo que podamos planear, hay que aprender de otras experiencias para evitar errores. Los ciudadanos tenemos un deber de trabajar junto con los gobernantes en ese sentido. Los gobernantes tienen el deber de tomar decisiones prudenciales apoyadas de un análisis de la mayor información posible. 

Sólo así, haciendo los cambios que sean necesarios, con la planeación suficiente, podremos al momento de valorar los resultados aceptar con tranquilidad y humildad cuando algo ha fallado.

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