jueves, 27 de septiembre de 2018

Soy mexicano, pero...

¿Qué significa ser mexicano? Es una pregunta multivalente que permite distintas respuestas. 



Cualquiera que tenga pasaporte o nacionalidad puede llamarse a sí mismo mexicano; pero tú sabes que me refiero a otra cosa, que al mismo tiempo no podrás describir. 

En una conferencia reciente a la que asistí, cuyos expositores eran argentinos y los asistentes de distintos países; durante la ronda de preguntas un joven levantó la mano y se presentó. “Soy Rodrigo –dijo- y soy mexicano… pero sí leo”. 

Los expositores rieron y el público también. ¿Un mexicano que lee? Vaya ocurrencia. 

Aquél día no pensé más sobre ese tema, pero luego regresó a mi mente y me seguía dando vueltas, como un mosquito de madrugada. No sabía si reír, llorar, enojarme con Rodrigo o qué más. ¿Fue un comentario ingenioso? ¿Vanidoso? ¿Ofensivo, resentido, lastimoso, culto…? 

No afirmo poseer la habilidad de la omnisciencia, y por tanto no sé qué quiso decir Rodrigo cuando dijo aquello. Lo que sí sé es que me caló hondo, porque yo también he tenido que auto-defenderme por ser mexicano. He tenido que explicar a algún extranjero que no todos somos narcos, o que no andamos a salto de mata. Alguna vez expliqué a una sueca muy amable cómo en México había ciudades “con edificios y así”. Como Rodrigo, tuve que añadir el “pero” a mi nacionalidad. “Yo, Francisco, soy mexicano… pero no uso sombrero charro”. 

Los estereotipos existen en todos lados. Muchos de ellos no son más que imágenes folclóricas que nosotros mismos promovemos (como los sombreros charros, que enjaretamos a cada pontífice o famoso que pisa con su planta nuestro suelo. Otros son imágenes negativas que se generalizan y amplifican a través de la cultura pop (y de las cuales también llevamos culpa): los narcos, la violencia, las telenovelas. 

Pero otros estereotipos no son solo ideas, sino realidades incontrovertibles. Que los mexicanos leemos muy poco no es una imagen falsa, sino una certeza estadística. En el estudio “Hábitos de Lectura”, elaborado por la OCDE y la UNESCO, México se posicionó en el puesto 107 de 108 países, con aproximadamente dos libros anuales por persona. Dos libros al año. 

Así que Rodrigo, quizás, no andaba tan errado. A mi parecer, esa manifestación expresa para escapar de su propio estereotipo, aunque pueda parecer pedante, también puede resultar útil. Es un grito de guerra, de rebeldía y de motivación que bien podríamos nosotros decir todos los días, aunque sea en silencio; aunque sea al espejo. Es más potente si cambiamos el “pero” por un sencillo “y”. 

Soy mexicano y leo. Soy mexicano y ahorro. Soy mexicano y no doy mordida. Soy mexicano y me involucro. Soy mexicano y emprendo. Soy mexicano y estudio. Soy mexicano y respeto. 

Se puede cambiar nuestra propia narrativa; reescribir nuestro personaje. Los estereotipos no son nuestro destino, ni tienen por qué ser nuestra excusa permanente. Podemos decidir ser otra cosa. La estadística no manda sobre nuestras conciencias, ni la historia sobre nuestras decisiones. Nada más triste que estar esclavizados a la idea que otros tienen de nosotros mismos. 

Para muestra, baste un botón. Hasta hace poco los mexicanos “no ganaban óscares”. Ese era el estereotipo, hasta que un pequeño grupo de amigos decidió cambiar la narrativa. “Soy mexicano” dijo el director premiado cuando le preguntaron por qué era alegre. Allí, en ese momento, se escribió una nueva narrativa. Y fue espectacular. 

De que se puede, se puede, aunque sea a base de excepciones. En un código no escrito, las excepciones pueden acabar por convertirse en la regla. 

Así que, a Rodrigo, el de la conferencia, le digo: gracias, quien quiera que seas, y donde quiera que estés. Sigue siendo mexicano y sigue leyendo, aunque se rían.

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