domingo, 26 de julio de 2020

La imagen de la sala 19

Hoy reflexionaba sobre el poder de un virus que no esperábamos, de un cambio de vida forzado por algo que nos ha dejado claro que no todo lo tenemos en nuestras manos, con o sin dinero.

He querido cambiar las fotografías aquí analizadas, pero todo nos remite a los temas más frecuentes en nuestra agenda diaria, la política nacional y la afectación del covid en nuestro país y en todo el mundo.

En este mismo espacio he publicado el gran trabajo que están realizando muchos del os fotoperiodistas mexicanos para agencias nacionales e internacionales, el arrojo y la versatilidad que han demostrado a la hora de entrar a los hospitales, estar cercanos a los pacientes, acudir a funerales, a entierros en todo tipo de panteones y realizar grandes piezas visuales que documentan esta pandemia.

Más de 15 millones de casos en todo el mundo, el Covid nos ha hecho cambiar y nos ha obligado a mirar de una manera distinta nuestro trabajo como fotógrafos.

Hoy el fotoperiodista de Martin Benetti, actual miembro de la AFP y ubicado en Chile en este momento, capturó este momento en donde una enfermera abraza a un paciente enferme por Covid en la Unidad de Cuidados Intensivos en algún hospital de Chile.

El fotógrafo de cualquier género, no solo debe de tener un ojo abierto a observar todo tipo de movimiento a su alrededor, sino la sensibilidad y la energía para estar buscando contantemente qué fotografiar.

No basta con hacerse el valiente y estar cerca de un hospital, o ponerse el traje de astronauta para acercarse a los más enfermos para tomar un par de fotos y poder subir a las redes que han vencido la línea del miedo y sobre todo del temor a ser contagiados por hacer su trabajo, que por supuesto ya hemos visto a varios por allí que lo han hecho.

Entrar al hospital utilizando el miedo como adrenalina, al final eso es lo que hacen los grandes que saltan al campo minado, a la tierra donde solo se escuchan metrallas o gritos de gente que corre por su vida o que bien, están tirados en el piso sin alguna de sus extremidades, indefensos y gritando por ayuda.

Aún recuerdo las pláticas con Narciso Contreras cuando narraba la odisea que era correr de un lado a otro de una angosta calle para poder fotografiar a los dos bandos que se disparaban a morir, cómo corría, con su casco, su chaleco antibalas, su equipo, encorvado y al mismo tiempo disparando en ráfaga con su cámara, así como los hombres allá arriba sin ningún tipo de apego a nada, mas que empoderarse con cada cuerpo tendido en el piso.

Al final el miedo es una emoción natural, no creo que haya nada para poder eliminarla, pero sí transformarla, y el fotoperiodista lo sabe, la adrenalina es lo que despierta cada célula del cuerpo, la energía que necesitan para salir como adolescentes enérgicos para comerse el mundo en una sola mordida.

Martin lo sabe, y lo invito a que visite su página en la sección de News y pueda darse cuenta de los hechos que ha cubierto, desde manifestaciones, protestas violentas, desastres naturales, rescates, conflictos, gente moribunda y mucho más.

Lo contrario a muchas personas, para quienes nos gusta estar frente a la noticia o ante actos que prometen algún tipo de reacción en la humanidad, el miedo no debería paralizarnos, sino motivarnos a salir a observar como perros sabuesos los instantes que nadie ve, los encuadres que no buscan ser pretensiosos sino directos en lo que hay que transmitir, acercarse si es necesario o alejarse si también ofrece un mejor resultado.

Acudir con la motivación de que son muy pocos los más valientes y los que sí tienen acceso a las áreas más cerrada, y que su visión será lo más cercano para quienes estamos fuera, para complementar lo que “se dice” con lo que en realidad es.

Con las ganas de que su trabajo genere conciencia de que todo esto no es un invento, que un virus fantasma que penetra hasta los órganos y nos deja sin aire.

Por eso aplaudo esta imagen, y aún más el temple de la enfermera que decide abrazar a quien no conoce, a quien ha estado allí quién sabe cuántos días, en la soledad de un cuarto frío con el único ruido de las máquinas robotizadas que advierten quien está con vida y quien está a punto de perderla.

Vaya imagen la de la sala 19.



Laura Garza

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