domingo, 29 de noviembre de 2020

El deseo excesivo por fotografiarnos

Estamos ante una época en donde el espacio público y privado se ha entremezclado y no podemos distinguir ni uno ni otro.

Portar un teléfono nos ha hecho creer más inteligentes y poderosos por traer una cámara que fotografía y graba lo que nos damos licencia por capturar, llevarlo en nuestro carrete o compartirlo en las redes sociales sin ningún tipo de pudor.

Los teléfonos celulares los cambiamos para mejorar la cámara, para que lo que tomemos parezca más nítido y más profesional. Muchos no reconocen los significados propios de la óptica y las limitaciones eternas que un aparato como esos tendrá en temas visuales.

Sin embargo, tomamos fotos, nos apropiamos de lo que vemos, de los desconocidos, de los errores, de los accidentes y de la vida de quién sabe quién.

Roland Barthes decía que “la era de la fotografía corresponde precisamente a la irrupción de lo privado en público, o más bien a la creación de un nuevo valor social como es la publicidad de lo privado: lo privado es consumido como tal, públicamente.”

La gente ha perdido la distinción e incluso las nuevas generaciones desconocen el valor propio de lo íntimo, de lo que se reserva, de lo que es personal y no suele compartirse. Tan es así que tenemos cientos de casos considerados como acoso, en donde jóvenes han captado momentos incómodos e incluso de agresión entre otros.

Estamos en un momento en donde la fotografía se ha vuelto indispensable, se ha expandido como un lenguaje que no necesita palabras. Claro, esto siempre lo hemos sabido quienes nos hemos dedicado a ella, a admirarla, a observarla, a verla con ganas o con desgana, a venderla y a compartirla.

Pero hoy la gente se envía un mensaje preguntando un clásico ¿Cómo estás? Y responden con el envío de una foto.

Hoy somos más imagen que texto.

Entonces hablamos de un montón de selfies, de videos cortos, largos, divertidos y graciosos y un montón de aplicaciones actualizándose cada semana para atraernos a tomar más y más fotografías.

Con decirles que solo en este año se han tomado más de 1.4 trillones de fotos, casi un 9 por ciento más que en los últimos años y claro, un poco más del 90 por ciento ha sido a través de los celulares.

Entonces pienso en el par de fotos que circularon el día de ayer donde aparecen tres empleados de la casa funeraria que prepararon el cuerpo de Diego Armando Maradona, quienes aprovecharon el momento y se tomaron una foto con sus respectivos celulares.

Según las últimas versiones, fueron empleados subcontratados por la casa funeraria para ayudarle con el servicio completo, y lamentablemente al dejarlos solos un par de minutos aprovecharon para sacar el teléfono y con el cuerpo frío de quien fuera más que un ídolo para los argentinos, tomarse una especie de “selfie”.

No solo es lo privado y lo público, es una deferencia y un momento laboral en donde el cliente exige intimidad y privacía.

Como si quisieran inmortalizar a un Diego Armando Maradona incapaz de negarse a fotografiarse con ellos, como si se mostraran valientes, traviesos y hasta afortunados de tener una imagen con él.



La fotografía nos genera una esperanza de sabernos cercanos con quien admiramos e idolatramos. Con quien nos resulta imposible estar en sus vidas, conversar con él, llamarle de vez en cuando o simplemente fotografiarnos en una cena en casa.


Un Maradona en plena metamorfosis de ser un dios de carne y hueso para ser uno de los que se convierten en intangibles y no terrenales.

La fotografía que hoy consumimos diariamente responde a un deseo excesivo de hacer creíble y verídico lo que vivimos y lo que vemos. Fotografiamos para ser vistos, punto; y en ese minúsculo momento con una acción tan afable perdemos la noción de lo que debemos reservarnos, hasta frenar ese impulso como el de fotografiarse con quien acaba de morir.

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