domingo, 20 de diciembre de 2020

Aislados

La vejez viene acompañada de depresión y la ruptura de muchos vínculos sociales con sus hijos, hijas, nietos y amigos, y ahora con el temor del contagio y la muerte repentina, el aislamiento es un medio de supervivencia física


Contrario a aquella foto en donde la gente llenaba una de las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México como si no existiera ningún tipo de riesgo a contagiarse del COVID-19 por el simple uso del cubrebocas, la soledad se aproxima como un estado permanente para muchas otras personas, principalmente ancianos.

Miles o quizá, cientos de miles de personas eligen como justificación el salir de casa por el número de meses que han pasado resguardados y aislados de su vida social y sus actividades de antes, esas como salir a hacer ejercicio, ir por un café, un helado, los restaurantes de costumbre, el cine y por qué no, una que otra reunión con los amigos porque ya toca.

La principal escusa con la que los jóvenes convencen a sus padres que por una salida no pasará nada, es justo el cansancio mental que les ha producido estar ligeramente aislados cumpliendo con sus tareas escolares y en casa.

Curiosamente mencionamos tanto la palabra “aislados” cuando más conectados estamos con los amigos y muchos desconocidos a través de las redes sociales. En estos tiempos en donde la prontitud de los mensajes nos ha salvado cuando más solos o desesperados nos hemos sentido.

No ha sido fácil, si parpadeo lentamente puedo recordarme en aquel fin de semana de marzo que decidí mantenerme en casa y limitar las salidas por un posible contagio de un virus, que parecía ser peligroso pero posiblemente controlado a la brevedad.

Vaya ironía, que hemos llegado a diciembre y no solo eso, estamos a un par de semanas de cerrar el 2020 con las puertas cerradas y las ganas de salir pospuestas.

Rescato el trabajo de José Colón Toscano, fotógrafo que participa en el proyecto @CovidPhotoDiarires en Instagram, que ha documentado la pandemia desde la perspectiva de los ancianos que viven en asilos y residencias en España.



A quien vemos en la imagen es a la señora Irene Azpiroz, quien ocupa un espacio en la residencia Centro Geràtric Guretxea en Barcelona. Solita en un cuarto blanco, con una mesa larga en donde bien cabrían otras dos personas, pero en esa ocasión no.

Ella lee una revista como quien ocupa su tiempo para adentrarse a las historias que vienen allí, porque eso ayuda a la mente a recrear conversaciones con los desconocidos que están posando en las fotografías o de alguna forma, con quienes se imaginan gracias a la redacción de quien ha escrito ese reportaje.

Doña Inés de cabello claro, se recarga en el respaldo de una silla de plástico, pero cercana a la ventana de cortinas largas que dejan entrar de alguna u otra manera la luz del día.

Las cortinas cerradas como si fuera el telón de un teatro, engrandecen el vacío del lugar que solo ocupa ella.

Hay quienes creen que por estar en un asilo o una residencia de ancianos, ellos se encuentran más acompañados y siempre tienen con quién charlar, mejor aún, con alguien de su edad. Aunque como se ve en esta y muchas imágenes, también existe la soledad, porque al final de cuentas cuando los años se acumulan los recuerdos se instalan en la cabeza y los tuyos y los de ellos, a veces no embonan lo suficiente para entablar una conversación.

Si usted se ha sentido solo, teniendo su celular o computadora con acceso a internet durante toda esta pandemia, me atrevo a decirle que es afortunado, porque quienes no tienen oportunidad siquiera de ello, sí han enfrentado hasta consecuencias psicológicas de la soledad, y ellos son los adultos mayores.

La vejez viene acompañada de depresión y la ruptura de muchos vínculos sociales con sus hijos, hijas, nietos y amigos, y ahora con el temor del contagio y la muerte repentina, el aislamiento es un medio de supervivencia física, mas no emocional.

Un cuarto blanco como escenario, usted y una acompañante vestida con un traje largo de color amarillo que le hace compañía. Ella no habla, pero sí le ilumina y le comparte un poco del calor que hay allá afuera, a donde no puede ni ir.

Una revista como un baúl lleno de historias de las que puede elegir la que sea para convertirse en socialité, en vendedora, en millonaria, en artista o en periodista. Una silla para descansar, porque las piernas le pesan y los brazos se cansan de sostener las pesadas páginas o el propio jugo verde que es obligatorio tomar.

No hay nadie, y nadie vendrá. No tiene un teléfono, un twitter, un Facebook y mucho menos cuenta en Instagram, por lo que nadie le da Likes, ni mucho menos seguidores interesados en su vida.

Esa es la vida de muchos ancianos que están en los asilos intentando sostenerse de lo que sea, de la poca luz, del mal sabor del jugo y de lo aburrida que se ha vuelto esa revista, porque de tanto leerla ya se ha convertido en todos los personajes de la página 4 a la 50.

En cambio, usted que lo tiene todo, incluida la energía siente que está a punto de romperse como una copa de cristal por no salir al cine, tomar una cerveza en el bar de siempre o hacer una fiesta con sus amigos.

La palabra empatía no debe remitirnos únicamente a la política de estos tiempos, sino a la que los ciudadanos debemos de tener con los que peor la están pasando, al final el mundo es el mismo para todos y la vida también.

Mi reconocimiento a quienes han decidido documentar visualmente una situación nunca imaginada, el encierro, el aislamiento, la soledad y la desesperación de chicos y grandes, a quienes podemos acercarnos gracias a las imágenes.

Laura Garza

Twitter: @lauragarza

Publicar un comentario

Whatsapp Button works on Mobile Device only

Start typing and press Enter to search