sábado, 5 de diciembre de 2020

Eugenesia

¿Ha escuchado que nada hay de seguro en esta vida salvo la muerte? Es cierto. La muerte es el destino, siempre. Desde el primer ser humano, la nuestra, es una historia de lucha por sobrevivir. 



Si puede usted, hoy, con comodidad estar bebiendo un té por la mañana es porque desde hace cientos de miles de años, hubo un ser humano que soportó y enfrentó a las peores inclemencias del mundo, a inundaciones diluviales, a grandes derrumbes, huracanes y terremotos, a las hambrunas, sequías y a los más feroces depredadores, que contaban, por cierto, con mucho más tamaño, garras más afiladas, dientes más poderosos y los sentidos más exaltados. Sobrevivió, porque era el mejor.

Esos seres a los que les debemos nuestra existencia, aprendieron a recolectar, a cazar en manada y doblegar a seres gigantes, a utilizar herramientas, a construir, a domesticar a otros animales, a sembrar y cultivar, a navegar y escalar, a descubrir nuevas tierras y técnicas, y a superar todas las intemperies, impiedades, crueldades, asperezas y rigores, a superar a propios y extraños, en la vida diaria y en guerras, al igual que a subsistir sobre plagas, pestes, contagios y epidemias; quedaron los más aptos, los más resistentes. 

Si un niño nacía con defecto en el corazón, caía fulminado al trabajar en el campo. Si un joven era débil y tenía las rodillas valgas o era gordo y no podía correr, lo devoraba un tigre. Si los riñones de una mujer dejaban de funcionar, moría sin convertirse jamás en una carga. Así, los mejores fueron los que nos dieron vida. No a ti ni a mí, sino a la humanidad entera, pues la debilidad y los defectos, eran autolimitados; los menos idóneos morían más pronto y se reproducían menos. 

La vida era mejor hasta que nos volvimos blandengues y científicamente más desarrollados. Entonces la compasión se volvió el peor enemigo de nuestra especie. Comenzamos a salvar y alargar la vida de los menos aptos, permitimos que se reprodujeran y así estamos hoy, frágiles y quebradizos, llenos de gente alérgica, ansiosa, deprimida, rancia, bofa, enferma crónica, inservible y que son una enorme carga para toda la sociedad.

Nuestro país, requiere de gente fuerte, pujante, productiva, competente, apta para conformar una enorme fuerza de trabajo que nos permita producir los medios de existencia y reproducción. Por eso, la pandemia nos cayó como anillo al dedo: el virus está matando con rapidez y eficiencia, a todo el que nos estorba en el proyecto social de transformarnos.

Nosotros sólo estamos no entorpeciendo el trabajo de la naturaleza y permitimos que el virus se lleve a toda persona que no pueda sobrevivir por sí misma, y en el largo plazo, esto nos terminará ahorrando miles de millones en capital y tiempo productivo que hubiésemos malgastado y desperdiciado en mantener a longevos mórbidos, con demencia senil y tantas cosas más, sin producir bienestar. Habremos de quedar nuevamente, los más aptos, lo más resistentes.

¿Inhumano? No se engañen. La historia de la naturaleza es una historia de lucha. De nada nos sirve lamentarnos. Agradezcan que tenemos el valor de transformarnos, de purificarnos. ¡Que no les quepa duda, la gripe española nos fortalecerá! J.M.K., 1918.

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