sábado, 6 de marzo de 2021

¿Quién ganará?

 De por sí los domingos apenas dormita intranquilo por estar pensando en los problemas laborales de la semana entrante, y anoche tuvo bastante calor, por lo que no durmió del todo. En lugar de prepararse uno fresco, enciende el interruptor y recalienta la cafetera para servirse una taza. Le duelen las piernas a pesar de que no ha hecho ejercicio. Imagina que será el estrés, el estar apretando el cuerpo de forma inconsciente. El primer sorbo lo recibe con una evidente e involuntaria mueca de asco. 




Es lunes 7 de junio del 2021 y son las siete de la mañana. Ya pasaron dos horas desde que se despertó y como todos los días, alcanza a escuchar en el fondo, el grito marcial de una mujer uniformada: “¡Buenos días, señor presidente!” lo que anuncia, en breve, la llegada del mandatario a la tarima donde está el conocido atril –cuchitril, que le dicen algunos con chasco– con micrófono desde donde se dirige a los medios y que diariamente le permite dictar la agenda comunicativa a toda la prensa nacional.  

“Buenos días”, expresa como siempre y la fuente periodística, que ahora se nota más intranquila que de costumbre, le responde a coro el saludo. A pesar de que el presidente sonríe, sus movimientos se miran algo tiesos, le distingue la mirada brumosa y su aire es cansado. “Se nota que tampoco durmió”, piensa, mientras intenta mantenerse concentrado. 

“Vamos a iniciar la semana, como todos los lunes, con el informe de quién es quién en los precios de los energéticos, de Ricardo Sheffield, el procurador del consumidor…”, dice el presidente, mientras él, con aún algo de sueño, especula en cómo reaccionará a las interrogantes que todos los medios le harán sobre la recién concluida jornada electoral, donde, por cierto, los resultados preliminares parecen serle adversos.  

Muy poca gente lo sabe, pero él detesta su trabajo de reportero. Siempre quiso ser actor, pero desgraciadamente el teatro no le paga las cuentas. Quizás sea por ello que se ha aficionado a las apuestas con sus compañeros, pues su ojo analítico medianamente adiestrado le permite aventurarse en adivinar el comportamiento que el presidente tomará ante tal gobernador que lo retó, ante determinado escándalo de corrupción de alguno de sus más cercanos colaboradores, o la posición que asumirá ante la crítica que le manifiesten los intelectuales. Eso es lo único que le entretiene de su faena, y además le ha permitido ganarse sus buenos pesos.

Uno de sus compañeros apostó que aceptará la derrota como un demócrata caballero, lo que le obligará a realizar cambios estratégicos en su gabinete que le permitan negociar más fuerte con la nueva oposición. Otro de ellos apostó que no hablará de las elecciones y que actuará en el margen, con sus operadores políticos, para realizar control de daños e intentar reclutar a algunos diputados para que pasados unos meses, con cañonazos de cincuenta millones de pesos, se cambien de partido y ello le permita controlar el congreso. Él, en cambio, apostó doble o nada, a que arremeterá con todo su poder para intentar anular el resultado en aquellos distritos que no le favorecieron. Dirá que tiene pruebas de “intervenciones ilegales” que realizaron conservadores, políticos del viejo régimen, caciques y criminales, para detener su transformación y entonces comenzará una persecución política, una cacería de brujas, que terminará fortaleciéndolo y doblegando a la oposición a la que no pueda arrebatarle el escaño. El ruido interrumpe sus cavilaciones. Ya van a comenzar las preguntas, qué nervios. ¿Perderemos todos? ¿O quién ganará?  

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