lunes, 8 de marzo de 2021

No somos feministas

Publicado originalmente el 5 de marzo 2020



Ya no estamos en tiempos ni de frases bonitas ni de mentiras piadosas. Al contrario, si hay un momento de definiciones claras, es justo ahora. Por eso, es importante hacernos conscientes que los hombres, no somos feministas ni podemos serlo. 


Nuestra configuración actual, sistemáticamente, privilegia la desigualdad entre géneros y causa la opresión de las mujeres, quienes lo mismo son acosadas en cualquier lado, que menospreciadas en la academia y en el mundo laboral, que agredidas por su independencia, que sobajadas por su sexualidad activa o asesinadas con humillación, sólo por ser mujeres. 


Desde antes de la Conquista y hasta hace no mucho tiempo, las mujeres no podían ni heredar. Al morir el padre, se repartían los bienes entre los hijos hombres, los yernos o los hermanos del difunto. A las mujeres se les negó por muchísimo tiempo la ciudadanía y el poder decidir con quién se casarían. Asimismo, se les negó hasta hace poco, el derecho de votar y ser votadas, por considerarlas iguales a las personas con discapacidad mental. Y hasta hace casi nada, si la mujer era infiel, los hombres podían asesinarlas y su condena en prisión era la de un delito menor. Nosotros los hombres, no sabemos qué es eso.


Aun en el año 2020, en México, por “usos y costumbres”, los hombres de pueblos originarios pueden vender a sus hijas —incluso menores de edad— al mejor postor o intercambiarlas por cervezas o para pagar deudas de juego. Y en muchos lugares sigue siendo más penado robarse una vaca, que violar a la esposa. Eso sin siquiera considerar que, en promedio, las mujeres ganan una tercera parte menos que los hombres por el mismo trabajo realizado.  Nosotros los hombres, no sabemos qué es eso.


Como hombres, nunca hemos vivido lo que una mujer. Ni siquiera hemos considerado elegir nuestra vestimenta dependiendo de si ese día tendremos que caminar algunas cuadras solos, si conviviremos con borrachos, si tendremos que lidiar con las miradas o tocamientos o intentos lascivos de nuestro jefe, o si nos subiremos a un uber o taxi. Jamás nos han pendejeado ni han sido condescendientes con nosotros por el sexo con el que nacimos. Nosotros los hombres, no sabemos qué es eso.

A nosotros, nunca nos han chiflado desconocidos ni nos han mirado libidinosamente ni nos han manoseado ni todo el mundo justifica agresiones contra nosotros por no tener pene. No tenemos que cuidarnos de que alguien nos tome fotos debajo de la falda en el camión, ni nos ha eyaculado un chaquetero en el metro, ni tenemos que cuidarnos de provocar miradas, ni nos ha querido emborrachar o drogar una “amiga” para abusar sexualmente de nosotros mientras estamos tomados.


¿Cuántos de tus amigos han sido mandados al hospital, madreados por su novia? ¿Cuántos de tus compas han sido levantados en un restaurante o bar para que los viole un mafioso? ¿Cuántos de tus carnales han sido exportados como esclavos sexuales a prostíbulos y table dance de países donde no existe el estado de derecho? ¿Cuántos colegas conocías que terminaron en una zanja con el ano reventado y los pezones arrancados a mordidas? ¿A cuanto bro le dirían que se buscó  la agresión por estar donde andaba, la hora que era, por cómo vestía? ¿Cuánto camarada tuyo ha tenido que huir a un refugio porque su esposa llega borracha, le rompe el hocico, la viola y tiene miedo de que, en una de esas, “se le pase la mano”? ¿Cuántos de tus amigos fueron grabados cogiendo sin su consentimiento y anda por ahí rolando “su pack” en chats y foros?  Nosotros los hombres, no sabemos qué es eso. Es más, no tenemos ni la más remota idea. 


Todo lo anterior se llama patriarcado. Y los hombres, por siglos, hemos sido sus beneficiarios, por educación y por conveniencia (incluso, muchas mujeres nos han enseñado a mantener el statu quo, porque a su vez, ellas han sido enseñadas y educadas en esa misma inercia patriarcal) y por eso, no podemos ni debemos autonombrarnos feministas.


Acaso, con suerte y procurando aprender a desaprender y escuchando y leyendo y poniéndonos en su lugar, podemos buscar convertirnos en aliados de la causa feminista, pero siendo beneficiarios del sistema, no podemos ser feministas –ni se vale tampoco– apropiarnos de un movimiento que es únicamente, de ellas. Qué bueno ser empáticos. Es necesario que estemos ahí a su lado, que hagamos nuestro trabajo, que comienza, por cierto, por no estorbarles.

Así como no podemos considerarnos LGBT+ si somos hombres cisheterosexuales, así como no podemos considerarnos negros si no somos afroamericanos, así como no podemos denominarnos indígenas, aunque nos opongamos a las injusticias raciales, clasistas y discriminatorias que sufren, así los hombres, tampoco podemos llamarnos feministas.  


Aunque estemos en contra de los feminicidios y la violencia de género y cada día seamos más consciente del patriarcado, no podemos ser feministas ni aunque lo queramos. Ningún hombre puede. Y eso está bien. No tenemos ni debemos querer ser protagonistas de la lucha de las mujeres. Es importante que lo entendamos. Porque las palabras importan. Porque las palabras definen. Porque forman caminos o derrumban puentes. Y porque las mujeres ya no van a pedirle permiso a nadie ni se dejarán dictar la agenda o el camino, en su búsqueda de igualdad, ni siquiera desde un palacio. Ellas vienen a transformar al mundo y a reconfigurarnos a todos. Y qué bueno.

J.S. Zolliker

Twitter: @zolliker

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