sábado, 27 de marzo de 2021

Sonríe que vamos a ganar

Está acostumbrado a largas jornadas de trabajo, pues su puesto es esencial para el buen funcionamiento del gobierno, pero en la administración actual, entre tanto viaje, se madruga mucho y se despacha pocas horas. Así que por necesidad, cuando se ve obligado a levantarse muy temprano, duerme siestas prácticamente en cualquier oportunidad disponible.




Ahora, que va camino a una reunión con una persona del primer círculo del ejecutivo, podría aprovechar para dormir un poco mientras su chofer conduce, pero una idea no le ha dejado de bullir en la cabeza: la estrategia de vacunación va muy mal, es incorrecta, corre demasiado lenta y siente la obligación de intervenir, de señalar lo evidente, de alzar la voz para corregir el rumbo, de entrometerse. 

Cuando sube por el ascensor privado, no puede evitar pensar en Vicente Rojo y en su reciente muerte. Alguna vez le dijo que, siendo víctima del fascismo, comprendió que en México nos iluminaba una luz hermosa, clara y un ambiente libre. ¿Qué pensaría el maestro de cómo estamos llevando el país? Porque era un socialista republicano que apoyaba el nuevo proyecto de transformación. ¿Estaría satisfecho? 

–Hola, pásate, ¿quieres un café o algo? – le preguntó su interlocutor mientras lo invitaba a sentarse en la amplia sala de su enorme oficina. Agradeció que le trajeran un espresso, pues pensó que la sustancia lo pondría más alerta. La galletita de cortesía, prefirió no ingerirla, pues en la pandemia, opta por no llevarse las manos a la boca.

–Con la confianza que le tengo –abrió de lleno la conversación, hablándole de usted a quien lo tuteaba por el simple hecho de considerarlo un mentor y alguien de mucha mayor jerarquía– le quiero consultar sobre cómo actuar con la estrategia de vacunación. Hoy cumplimos 90 días y no estamos ni cerca de las metas planteadas. Llevamos millones de retrasos y sí hay vacunas para avanzar, pero no hemos terminado ni con el personal médico y estamos vacunando maestros y personas mayores en zonas donde no hay alta mortalidad ni contagios. Para salvar la mayor cantidad de vidas posibles, es necesario vacunar a los que más se mueren, que son del rango de 45 a 60 años en las grandes ciudades. Urge cambiar la estrategia, yo soy parte de los responsables de la operatividad, porque eso de vacunar a las personas mayores de las comunidades más remotas, es muy romántico, pero poco eficiente.

–Con el aprecio que te tengo –le contestó sin titubeos– pero por ahí, mejor ni le muevas. Ni te metas si no quieres terminar tus días mendigando puestecitos burocráticos para poder sobrevivir. El plan no ha sido esbozado por gente inepta, al contrario, se trata de estrategas inteligentes y pragmáticos: la aplicación de la vacuna permitirá consolidar el proyecto político en las siguientes elecciones. Quizás no salvemos más vidas, pero ya aprendió el pueblo a convivir con la muerte, y se vende muy bien vacunar a los menos favorecidos y a los de la tercera edad; cualquiera que se identifique con la izquierda, termina aplaudiendo la medida y hasta se congratulan por las vacunas a sus padres. Lo presumen, y eso genera buenas conversaciones a nuestro favor. Ya conforme arrecien los contagios de Covid después de semana santa y se acerque el tiempo electoral, estos estrategas sabrán sacarle el mejor provecho a todo el embrollo. 

–No sé si pueda con el cargo de consciencia…

–Claro que puedes. Podemos todos. Es para un bien mayor. Fájate los pantalones y sonríe, que vamos a ganar. Ya vendrán tiempos mejores.

J.S. Zolliker

Twitter: @zolliker

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