viernes, 16 de abril de 2021

Cuarta restauración

865 días han transcurrido desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador.




La gran expectativa generada por la llegada al poder de quien en su elongada candidatura presidencial hubiera proyectado la imagen de un luchador social elevó a niveles casi celestiales la expectativa de un cambio que no sólo tardó demasiadas décadas en llegar a la historia de México, sin embargo, el 2018 podría haber sido la "piedra de toque" en el anuario nacional del futuro.


La esperanza venía acompañada de una figura carismática, bien conocida y consolidada por el beneficio de la duda que le regaló el ahínco de buscar por tercera vez la presidencia, y como bien dicen "la tercera, es la vencida". El momento fue muy parecido a aquél julio del año 2000, en que uno de sus acérrimos rivales, Vicente Fox, llegara al poder tras 72 años de presidencias priístas.


Pero poco se logró en ese sexenio, como poco hay que celebrar del hasta ahora muy escueto gobierno de la llamada "cuarta transformación" en la que no todo ha sido malo: podemos exaltar las reformas que dieron pie a los aumentos en el salario mínimo y a la vivienda de interés social. Sin embargo, fuera de lo mencionado, poco o nada se puede decir del actual régimen que haya cumplido con dos premisas que cautivaron al electorado en la última elección: "la esperanza de México", y "Por el bien de todos, primero los pobres".


Llama profundamente la atención que un gran número de reformas promovidas y activadas en esta primera mitad de sexenio tengan una muy pronunciada orientación recaudatoria. Al inicio de la presente administración existían ejes de la opinión pública alrededor de los cuales giraban temas clave como: los precios de los energéticos, los impuestos, la seguridad y la relación con Estados Unidos.


Este enfoque recaudatorio se ha manifestado a través de los legisladores morenistas. No es un secreto que México es uno de los pocos países que marcha en contrasentido del resto del mundo en cuestión de energías verdes y renovables, y este asunto tiene su centro directamente en la línea de ingresos estatales; recursos que en aras de una malentendida "austeridad", que impacta todo el presupuesto, excepto programas sociales, comunicación presidencial, partidas secretas, y por supuesto, el beisbol.


Mientras tanto, la agenda del presidente se centra en la conferencia mañanera; desde ahí se dicta la política gubernamental vigente, así como sus virajes, y a veces sus involuntarios desatinos. Es justamente en ese salón de Palacio Nacional donde el círculo cercano de López Obrador se entera de qué es lo que espera el presidente de ellos. ¿La hora? la que diga su dedito.


Desde ese púlpito se han golpeado enemigos a elección: los de antaño y los moda. Actualmente la palestra la han ocupado los periodistas y el órgano electoral. El primero ha resultado culpable hasta de la escasez de médicos para atender a las víctimas del coronavirus -de lo cual López-Gatell sale completamente limpio- y el segundo, "no es digno" de la confianza del macuspano, a pesar de ser quienes le otorgaron la victoria hace dos años, e incluso, según las palabras del presidente "atentan contra la democracia".


¿Pero qué pretende López Obrador?, ¿Una prensa servil y cuasi porrista, como un marcado sector del gremio opera?, ¿Una autoridad electoral decantada al servicio del dictado mañanero de Palacio?


Quienes no vivieron la época del oscurantismo priísta tal vez no lo recuerdan, pero esa época ya la vivimos, y no nos fue nada bien. Un estado omnisciente y omnipresente lo excluyó de los asuntos donde más se le necesitó y lo sacó del panorama internacional, nos hizo irrelevantes. 


López Obrador apuesta a la falta de memoria de quienes a la distancia de los años olvidaron los rezagos causados por una visión cansada de un nacionalismo que sólo vivía en las mentes de algunos, y a la inexperiencia de quienes no les tocó vivir aquél México en el que era imposible obtener un crédito, en el que el estado administraba hasta las salas de cine, en el que se buscaba desinsertar a México de la corriente internacional "para no dar ideas" al pueblo, en el que el mismo estado, con partido de gobierno, estaba encargado de las elecciones: eso nos encadenó a 72 años de dictadura vestida de democracia.


No podemos, como pretende la narrativa oficial, volcarnos desmesuradamente, y mucho menos como fruto del enojo o el resentimiento, a la destrucción de los avances creados en pro de la pluralidad y la descentralización del poder que se gestó con la llegada de la alternancia a nuestro país. El pragmatismo obradorista tiene una alta dosis de retrospección, no sólo para retomar al neoliberalismo como culpable de cualquier mal del que desde su óptica vive nuestro país, sino también para retomar políticas públicas que caducaron en tiempo y en formato hace ya varias décadas.


La lectura es más que obvia para quien sabe leer entre líneas: el supuesto proyecto de transformación de la vida pública del país es una restauración de los anquilosados valores estatistas que sumieron a México en la docena trágica, en el estancamiento y en la irrelevancia internacional, para el beneficio de quienes llevaban el timón y algunos de sus compinches.


El electorado debe tomar conciencia del vital papel que desempeña en la próxima elección y su efecto en los destinos históricos del país. El proyecto obradorista depende de la mayoría legislativa, esa que le ha dado prácticamente lo que ha querido durante estos 865 días. 


El resultado del próximo 6 de junio será el punto de quiebre para la manera en que se concebirá al México del futuro: que hasta ahora más que apuntar a una cuarta transformación, parece encaminarse a una cuarta restauración. 


Orson Ge

Twitter: @orsonjpg


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