jueves, 15 de abril de 2021

La mano de Dios

 

La fotografía también nos ayuda a afrontar situaciones que no tenemos ni idea de cómo hacerlo. La provocación de emociones sean ciertas o no, sustituyen el temor y la ausencia





No hay manera que nuestra memoria no evoque a Diego Armando Maradona al leer o escuchar “la mano de dios” y recordar la escena en el estadio Azteca entre las selecciones de Argentina e Inglaterra disputándose la final del mundial de Fútbol en el año 1986 en la Ciudad de México.

Al menos creo que la gran mayoría lo recordamos así, sin embargo, una enfermera brasileña llamada Lidiane Melo ha decidido utilizar la misma referencia a un acto de asistencia a uno de sus pacientes en sus cotidianos días en el hospital.

Un poco más de un año ha bastado para sensibilizarnos ante la importancia de estar acompañados, y claro también nos ha fortalecido ante la inminente soledad que también hemos descubierto en estos tiempos de una cuarentena extendida.

Nos hemos encerrado, nos hemos aislado y probablemente habemos muchos que comenzamos a acostumbrarnos a ser más más individuales y menos sociales. Aunque siempre haya una noche que extrañemos y deseemos la algarabía de los amigos y los abrazos empalagosos de la familia.

Quienes han sobrevivido después contagiarse del Covid19 han conocido otro tipo de aislamiento y soledad, y hablo directamente los que han tenido la suerte de poder haber enfrentado esos días de estrés y temor por morir desde sus casas.

Las miradas de los vecinos y de la propia familia cambia, no hay quien quiera acercarse, a lo mucho los platos de comida se quedan afuera de la puerta o en su defecto, en la banqueta de la calle.

Un encierro como tal, sin energías, sin ser visto, atendido y lo que más desea uno en esos momentos, apapachado.

Al final de cuentas, ante toda enfermedad siempre buscamos la cercanía de los que queremos y un calor contiguo que nos de la certeza de que pronto todo estará bien.

Pero también están los que han tenido que ir de emergencia a los hospitales con cuadros de neumonía o con un cuadro significativo de los síntomas que el Covid emana.

El nervio y el espanto de entrar y no volver a salir. La familia, las miradas entre sí, la falta de aire y la inadecuada instrucción de la enfermera que insiste en que actúes de manera rápida e ingreses al elevador porque es hora de pasar a la zona de Covid.

Supongo que la soledad se permea entre los poros y la incertidumbre se instala en los pensamientos. La memoria se activa como una especie de salvavidas que algún ente imaginario en nuestro interior nos lanza para sostenernos.

Se activan los recuerdos que activan nuestros sentidos, o lo que quedan de ellos. El sonido de los doctores, el malestar físico y la constante de la muerte, ha hecho que muchos decidan no hospitalizarse y en pleno elevador hayan decidido irse a sus casas. Créalo, los ha habido.

Pero hay quienes se quedan y se sostienen en comunicación con el lenguaje visual entre sus recuerdos más viejos y los más recientes. Imágenes que toman vida o que aparecen estáticas pero que les da mayor energía para continuar y como dirían por allí, de aferrarse a recuperarse y vivir.

Eso justo fue lo que provocó esta imagen que hoy vemos y que se ha viralizado desde es fin de semana pasado. La enfermera Lidiane Melo, quien trabaja principalmente en el área de cuidados intensivos, buscaba la manera de calentar la mano de uno sus pacientes para poder medir su saturación de oxígeno.

De acuerdo a distintas entrevistas, lo primero que hizo fue envolver la mano del paciente con algodón y una venda para nivelar la temperatura pero no tuvo éxito y fue cuando pensó en llenar dos guantes de latex con agua caliente y colocarlos sobre y debajo de la mano del paciente para eliminar el frío de su piel.

La circulación sanguínea mejoró y pudo medir su saturación de oxígeno, la foto alguien allí la tomó, aunque aún no sepamos al autor o autora oficial. No era la primera vez que lo hacía, sabiendo la importancia y lo que resulta de gran ayuda para pacientes que se encuentran internados en terapia intensiva sin ningún tipo de compañía, ha resultado benéfico.

Cada guante con el agua caliente, simula el calor y la presión de que alguien se encuentra sosteniendo la mano y algunos de sus pacientes lo han recibido de buena manera, en cuestión de mantener su estado de salud.

Ella lo ha llamado “la mano de dios”, porque incluso les habla y sin saber si son creyentes o no, les dice que dios los protege y acompaña.

Piense usted, mientras cierra los ojos la sensación de sentirse acompañado en medio de esos lugares tan fríos como lo es una zona de terapia intensiva, y mucho más donde no se tiene acceso a ningún familiar o conocido.

La fotografía también nos ayuda a afrontar situaciones que no tenemos ni idea de cómo hacerlo. La provocación de emociones sean ciertas o no, sustituyen el temor y la ausencia.

Basta con que recordemos una imagen y nuestra memoria nos comunique y nos transforme. Como diría Barthes, la fotografía también nos ayuda a imitarnos, a creer quien somos y lo que los otros quiero que crean.

Los pacientes no ven la fotografía, ellos sienten y su memoria los ubica tomados de la mano de esa persona que aman o que extrañan y entonces la revolución sensorial se enciende. Será la mano de dios, o de quien sea, pero lo que la enfermera ha provocado incluso, en que otros hospitales utilicen esta técnica para aminorar el sufrimiento de los pacientes, es una maravilla.

Estas acciones valen la pena fotografiar y que sean viralizadas, porque al final la soledad en tiempos de sobrevivencia y de lucha constante ante la muerte, son batallas que se enfrentan de mejor forma con la sensación de estar acompañados, aunque sea así, por unos guantes y un montón de recuerdos.



Laura Garza

Twitter: @LauraGarza


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