viernes, 14 de mayo de 2021

Estando sin estar

Lo más notorio del presidente en los últimos días es su capacidad para ausentarse de sus responsabilidades aún mostrando la cara todos los días.  




Y no es cosa rara, a Andrés Manuel no le gusta presentarse donde sabe que no le va a ir bien. Su tendencia para evitar escenarios en los que no se siente cómodo viene desde sus primeras campañas, en las que evitó a toda costa los debates, porque no son su arena, como sí lo es el mitin, en donde se le ve suelto, fluido y por momentos retador.


De la misma manera evitó estar de frente a las víctimas de la tragedia del Metro de la Ciudad de México, bajo un argumento fácil de desmentir: “no es mi estilo” dijo López Obrador, pero la historia nos muestra lo contrario; lo que es aún más escandaloso, en un arranque, tal vez molesto por la pregunta de la prensa, mandó “al carajo” la posibilidad de apersonarse con los familiares de las víctimas.  


López Obrador claramente percibe que cada vez más  el carácter de líder social que lo encumbró en la presidencia se ha desgastado al punto de casi desvanecerse con la presidencia y sus menesteres; sobre todo cuando se le demandan resultados de su gestión, de parte de quien él denomina "opositores".


El problema con denominar como "opositor" a aquel que pide razón de su voto, al que pide que el presidente lo sea de todos y no de unos cuantos: el interpretar la petición de rendición de cuentas y buenos resultados con lo que López Obrador interpreta como “ataque” o “provocación” es que se va aislando poco a poco de la realidad, y se encierra en una cueva de paranoia que le va aislando de la adversidad, sí, pero también de quienes no han cometido suicidio intelectual.


Preocupa el ejemplo que este mal hábito sienta entre su base ideológica que acoge el discurso con prontitud, y lo replica con destreza, el riesgo es para un México que se aleja día a día de la rendición de cuentas.  


Sin darse cuenta, en el mejor de los casos, se lleva Andrés Manuel a su partido Morena atropellado entre los pies en una frenética carrera contra sí mismo. Las batallas que dice librar el presidente son causadas por su misma incapacidad de mostrar flexibilidad, de enmendar, de reconocer y escuchar. Lo demuestran las encuestas, que colocan al partido en posiciones de pelea por gubernaturas, municipios y diputaciones, que hace 60 y 90 días tenía prácticamente ganadas.  


Sin embargo, la ironía más grande es que a pesar de verle a diario en su conferencia, los mexicanos que realmente necesitan una respuesta, quienes guardan la última esperanza, quienes ya pasaron por todas las instancias sin obtener soluciones, le buscan a las afueras de Palacio Nacional sin éxito; porque su clamor se cataloga como “vil provocación”, como "politiquería", tal vez porque López Obrador lo malentiende así, o porque es un hombre de discurso, pero no de diálogo.


Una de las bondades de la realidad es que se confronta cara a cara con el discurso y lo contrasta: un presidente no puede esperar que la gestión se le venga "de pechito", ni gobernar sólo para aquellos que le alaban y concuerdan con sus ideas. Aspirar a la presidencia es tomar al país como un toro, y hacerlo primero por los cuernos.


Lo que queda claro es que Andrés Manuel López Obrador no está gobernando como 30 millones de personas pensaron que lo haría hace apenas tres años. La falta de resultados, el discurso sin diálogo, las horas diarias en un púlpito en el que reposan acusaciones sin pruebas y excusas sin sustento, tienen encarrilado a México en una carrera veloz al retroceso, a la centralización del poder y a la búsqueda de una preconcebida persecución de  la justicia que tiende a olvidar el derecho.


Lo más notorio, y también grave es que a pesar de verle casi todos los días, ya sea en Palacio Nacional o en una fondita del sureste, millones de mexicanos viven su realidad con un presidente ausente, que no ha sabido integrar su propia agenda con las necesidades de su país y de sus gobernados.


México se está acostumbrando peligrosamente a transitar en una realidad, en la que su presidente gobierna como el clásico de Santa Sabina: "estando sin estar".


GDLPost



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