viernes, 2 de julio de 2021

¿País grande o presidente pequeño?

¿Es México un país demasiado grande, o tenemos un presidente demasiado pequeño?




Refugiado en el pasado, el discurso de Andrés Manuel López Obrador presenta de manera frecuente un futuro esperanzador basado en las premisas de un entendimiento propio de la realidad que no siempre se encuentra por completo apegado al día a día de la gente de a pie. Una retórica promisoria, como lo es el slogan de su partido: "la esperanza de México", siempre viene bien por un tiempo, sin embargo es necesario transitar del ofrecimiento de fe a la materialización palpable para otorgarle razón de ser, de lo contrario, es simple y vana palabrería. 


El presente del país, por otro lado, no promete mucho. La escasez en elementos tan necesarios como lo son los medicamentos, tratamientos oncológicos, inversión pública, la creciente inseguridad, las precarias condiciones de empleo en general, y por ende, el crecimiento económico, entre muchos otros factores que son objeto de muchas charlas matutinas pero aún nada de transformación, más allá de una malentendida austeridad, incomodan a un cada vez mayor número de mexicanos que comienzan a percibir el sexenio de López Obrador como un período perdido.


Abanderado en una infructuosa aún lucha en contra de la corrupción, y una aún deforme transformación, el afán destructor del presidente con todo lo que tenga que ver con sus antecesores ha cortado aún por lo sano estructuras funcionales, programas que sí, con defectos, con vicios, y con los peros que se les quieran poner, daban soporte a una estructura social que no ha encontrado en el INSABI, en la Guardia Nacional, en el Instituto Para Devolverle al Pueblo lo Robado, y demás creaciones del presente régimen una realidad que trascienda del discurso, que rebase las mañaneras y se haga palpable en la vida diaria.


Una avanzada de programas estériles, opacos y altamente inoperativos que dudosamente aprobarían una auditoría seria, sin sesgos y apartada del oficialismo.


La obcecación presidencial por situar a México en una realidad idealista que carece de modernidad, de visión global, y muchas veces de técnica, se queda atada al muelle de la filosofía particular, con un enfoque atrasado, aletargado y guiado a través del retrovisor, en donde también caben los rencores, las venganzas y no se superan las querellas, sino que se reavivan día con día, desde un púlpito aburrido, gris y lleno de atención, pero carente de credibilidad.


Con muchas palabras, pero con muy pocos resultados, la llamada cuarta transformación sigue en deuda con sus depositarios electorales, que día con día se arrepienten en un mayor número del tamaño de su fe, y de haber respondido al llamado de un futuro esperanzador, de un cambio palpable y de una resurrección del pútrido sistema político que hemos atestiguado por décadas y del cuál hemos sido daños colaterales, pero que a pesar de la sembrada esperanza, la situación actual nos lleva a la conclusión de que aquí aún no ha pasado nada.


Cierro la columna con la misma duda con la que abrí el espacio: 


¿Es México un país demasiado grande, o tenemos un presidente demasiado pequeño?

Orson Ge

Twitter. @orsonjpg

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