viernes, 30 de julio de 2021

Realmente no le importa

 Un gobierno divorciado de la realidad, y a veces hasta de sí mismo.




"No me importa lo que piense la mayoría", fue uno de los trascendidos más importantes del presidente en su mañanera del pasado jueves.


A López Obrador le urge que los niños regresen a las aulas, por lo menos para el informe -sí, habrá otro informe, el que va por ley- del día primero de septiembre.


Y tal vez muchos coincidamos en la necesidad de que los niños regresen a clases presenciales, especialmente aquellos para los que por la escasez de recursos, de tiempo, de cuidado, de tutoría, y de muchas otras carencias endémicas de los deciles menos privilegiados en México han orillado, en el mejor de los casos, a un desaprovechamiento amplio del sistema educativo vía remota, pero que en el peor de los escenarios también han causado una deserción escolar masiva a todo nivel. Ahí está el qué.


Pero falta el cómo. No existe, y como dicen los antiguos, ni existirá, un plan estructurado para el regreso a clases presenciales. Vaya, el presidente aún se encuentra en el momento estratégico de azuzar a las mayorías para que se abalancen a sus planteles a ver en qué ayudan, pero sin que existan programas estratégicos, brigadas o cualquier esbozo de organización de parte de la autoridad federal para alistar instalaciones que en casos han sido vandalizados, en otras saqueados y en su gran mayoría con un mantenimiento deficiente. Es decir, primero los juntamos, y luego averiguamos. 


De un plan sanitario preventivo escolar, ni hablar. Los niños regresarán "llueve, truene, o relampaguee" junto con todos sus compañeros, en el mejor de los casos, con los protocolos que los directores de sus planteles entiendan mejor, esto bajo riesgo de que existen personas cuyo criterio aún no les permite entender la magnitud de la pandemia, o aquellos otros, que con las mejores intenciones pero que con poca información, aún creen en la eficiencia del tapete sanitizante o la medición de la temperatura en las muñecas.


Queda exhibido una vez más que Andrés Manuel tiene buen tino para los qués, pero no para los cómos.


De ahí tal vez, que él crea que su gobierno combate la corrupción, donde saltan a la vista los casos de los Bartletts, de las Irma Eréndiras, los Píos, y los Martinazos. De ahí tal vez que crea que un pueblo que ha alcanzado el pico de homicidios en los últimos 31 años es "feliz, feliz, feliz", o que un Sistema de Salud cuyo subregistro de muertes por COVID fue del 43.5% hace un "manejo ejemplar de la pandemia".


Andrés como candidato siempre mostró sagacidad para identificar los problemas por los que atravesaba México, sin embargo sus respuestas acerca de las soluciones siempre fueron escuetas, quedó en evidencia en las contadas entrevistas que dio a analistas serios de la información. Incluso hoy, las mañaneras están llenas de planteamientos de problemas, quejas y acusaciones, pero en lo que va del sexenio lo que aún nos deben son las soluciones.


Pero volviendo a la declaración, el botón de muestra que nos dejó ayer López Obrador pone en evidencia uno de sus rasgos más característicos que el discurso pudo maquillar durante las campañas y por una fracción de su administración, pero que la realidad siempre termina por poner en evidencia: el único razonamiento válido para el presidente es el propio, y ese es hoy saber que quiere mandar a los niños y jóvenes a las aulas, pero no sabe cómo.


Uno de los rasgos más desoladores de este cómo, también lo dejó claro esta semana: lo más probable es que la gran mayoría de los estudiantes vuelva a sus clases sin ser vacunado. Una vez más, la realidad se come al discurso: mientras López Obrador y López-Gatell defienden que "no existe evidencia científica" que señale que este segmento de la población requiere de vacuna, la Variante Delta afecta cada vez más a jóvenes y niños, que comienzan a formar parte de la estadística de hospitalizaciones y casos graves en México en lo que los expertos denominan la jornada natural de un virus que necesita mutar para seguir con vida.


Así como lo hizo con sus célebres éxitos: La mafia del poder, los conservadores, los fifís y los adversarios, hoy Andrés Manuel mete en una masa amorfa a los niños y jóvenes, a los que dice "no pasa a mayores" la enfermedad, equiparando el riesgo de gravedad a una simple estadística, que pierde validez cuando la realidad se cuela en forma de desgracia a la vida de cualquiera de nosotros.


Pero el mensaje es claro: a él realmente no le importa, porque la voluntad del pueblo debe seguirse hasta que se oponga a la del presidente, y pase lo que pase, se corra el riesgo que se corra, los niños tendrán que cumplir el capricho del qué presidencial, aún sin que ninguno de nosotros sepa el cómo


Orson Ge

Twitter: @orsonjpg


 



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