viernes, 13 de agosto de 2021

Aceptemos que no estamos listos

Seré breve: no existen condiciones para el regreso a clases presenciales, y cada día que pasa es peor.




Y antes de que cierre la página, les escribo en las siguientes líneas por qué, a pesar de que no pasamos por alto el daño sicológico que muchos jóvenes están presentando debido al aislamiento, pensamos que no se están calculando correctamente los riesgos de pasar tan bruscamente de un modelo restrictivo a uno abierto sin transiciones, como se pretende hacer el próximo 30 de agosto.


El desconocimiento, y nuevamente, la desinformación con la que se está enfrentando a la Variante Delta, supone riesgos que incluso algunos sectores de la autoridad sanitaria y la educativa no están considerando, pero que sí están en la discusión pública, y que representan riesgos reales para los millones de niños que volverán a las aulas a fin de mes.


La disparidad con la que se están planteando los famosos protocolos sanitarios para el regreso a clases preocupan: porque están abiertos a la interpretación de cada director de escuela; no son ni homogéneos ni parten de perspectivas científicamente adecuadas, comprobadas, o siquiera de una base documentalmente actual.


La Variante Delta nos está regresando prácticamente a un punto cero: lo que conocíamos de la pandemia hasta antes de la llegada de esta mutación del virus nos obliga a repensar la manera en que lo debemos enfrentar y tira de golpe las preconcepciones que con que se pretende iniciar el ciclo escolar. La efectividad de la vacuna, la incidencia en sectores jóvenes de la población, el índice de mortalidad y su veloz propagación nos ponen de nuevo en vulnerabilidad, mientras que sectores de la sociedad, entre los que se cuenta el subsecretario López-Gatell derrochan un exceso de confianza que puede -otra vez- costar más vidas de la cuenta.


La falta de condiciones preventivas de los planteles se hace más notoria en los deciles más bajos. Es una realidad que entre mayor es el privilegio, se aminora el factor de riesgo. Sin embargo, esto no es una cuestión social, ni económica, ni educativa, sino sanitaria, y lo que está en riesgo es la vida de todos los alumnos que regresen a las aulas, y tal parece que estamos fallando en la jerarquización de los criterios que deben ser prioridad.


Ha faltado entender que es muy poco probable que exista alguien que no desee que los niños sean educados, la gran mayoría queremos que los alumnos puedan regresar a sus salones, pero definitivamente no a costa de su supervivencia, y especialmente no en condiciones que aún vulneran su integridad, en un entorno que a todas luces no cuenta con los elementos de infraestructura que exige un momento como éste, un momento en el que los Estados Unidos, una de las economías más desarrolladas del mundo ve como una nueva cepa está provocando más y más ingresos de menores de 15 años a cuartos de hospital y salas de terapia intensiva.


Faltan protocolos de efectividad, basados en evidencia científica. Ni todos los tapetes sanitizantes (¡válgame!), ni todo el gel antibacterial del mundo pueden prevenir un contagio si existe un portador -aún con cubrebocas- en un espacio poco ventilado donde la densidad de ocupación no permita una separación de dos metros entre todos los congregados ahí, así de sencillo. Pero hemos fallado en entender que esta enfermedad se atrapa en el aire, y reuniones o aglomeraciones como las que se dan en un salón de clases son precisamente las que fomentan el traslado del virus.


Pasamos por el decálogo publicado por la SEP, que no incluye elementos tan básicos hoy en el manejo preventivo de la pandemia como la ventilación de la que hemos venido hablando, pero que le da prioridad a elementos relevantes pero no definitivos como el lavado de manos, y que sigue insistiendo en la toma de temperatura -síntoma que no se presenta en la totalidad de los casos- para detección de casos en los llamados "filtros", y que en el remoto caso de detección, se derivará el caso a una autoridad educativa y no sanitaria. Un plan con buenas intenciones, pero definitivamente con corta visión de la realidad en esta problemática.


Una vez más, la autoridad establece una sola mecánica para el manejo de la situación, pero deja la responsabilidad en la gente. Los padres de familia tendrán que firmar una responsiva para asumir completa responsabilidad por la salud de sus hijos sin estar en control de éstos padres la seguridad de los menores. Es verdad que los pequeños, en una gran y notable mayoría han aprendido cómo manejar esta pandemia, incluso mejor que muchos adultos, pero la carga de la responsabilidad es injusta e inequitativa.


Cerramos con la mezquindad con la que desde el gobierno se publica que "En el mundo no existe evidencia de epidemia por COVID-19 en menores de edad", una verdad a medias fácilmente desmentida por la incidencia estadística de casos oficiales publicados por instancias de salud en otros países. 


Aceptémoslo, no estamos listos.

Orson Ge

Twitter: @orsonjpg

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