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México no se transformó

 México no es el mismo que hace cuatro años, pero no para bien.




Salvo por los avances en materia de salario mínimo, el país que conocíamos a la salida de uno de los regímenes más corruptos en la historia de la alternancia democrática en México ha sufrido serios retrocesos en materia económica, educativa, sanitaria, y especialmente en transparencia y combate a la corrupción.


Y es precisamente este último aspecto el que más habría estimulado al electorado para darle la oportunidad a una fuerza política que se vendió como de orden social, que prometió romper los esquemas del status quo de la tradicional y desgastada política nacional y que hasta ahora, en pleno ocaso de su gestión, nos mantiene con muchas más dudas que soluciones.


Mucho se ha hablado desde el púlpito de Palacio Nacional acerca de la corrupción del pasado, sin que con ello se logre mucho por pelear contra ella o contra la nueva corrupción, que en términos prácticos es la misma de siempre, sin embargo ejecutada desde dentro del sistema por nuevos personajes, que con la boca afirman ser austeros, del pueblo y sin mancha, pero que van dejando una estela de hipocresía y deshonestidad tras de sí.


También desde ese púlpito se ha defendido la opacidad como acuerdos, así, de un plumazo y por decreto, los caprichos de la presente administración se vuelven intocables, incuestionables e inaccesibles, bajo la promesa de ser transparentes, tal como se prometió resolver la inseguridad, tal como se prometió también lograr acuerdos y apoyos para el sector privado, pintando en 2018 un país que en la víspera de 2022 está aún más lejos que cuando lo comenzamos a imaginar.


Decisiones cuestionables se revisten con ideología de género para aparentar que hay otros intereses, más legítimos, en cambiar de último minuto la decisión de poner al frente de la presidencia del Banco de México a un funcionario público que poco a poco había ganado reconocimiento en la opinión pública por formar parte de un movimiento con relativo grado de independencia, sin embargo, no existe autonomía que mate la agenda presidencial, y hoy Arturo Herrera se encuentra sin trabajo, por una supuesta equidad que defenderán a capa y espada con el infundado argumento del conservadurismo y el machismo, cuando a todas luces la decisión fue de orden político.


El país transita en reversa mientras la agenda del presidente avanza. Es evidente que ni el menor de los escrúpulos molesta ni por un segundo a López Obrador mientras el país se nota cada día más diezmado, siempre y cuando los objetivos trazados desde lo más profundo de su ideología se vayan cumpliendo medianamente, y se pueda sacudir a mayor o menor medida los trabes institucionales que habían dejado, haya sido como haya sido, sus antecesores, mismos que le daban dejos de certidumbre a la ciudadanía y a distintos sectores que componen la sociedad mexicana.


México estaba lejos de ser el país soñado, pero de unos meses para acá, parece irse normalizando la idea de tener un ambiente de pesadilla casi a a diario. El encono, la polarización, el insulto barato, el pretexto, la comidilla y la mentira son el pan diario de quienes cada día están más cansados de una realidad de la que querían alejarse, pero que muy seguido les vuelve a tocar la puerta.


Hoy, con la sucesión presidencial más cerca que el arranque de una administración que no avanzó más allá de la casilla de la promesa, la pregunta que debemos hacernos es de contraste: ¿Qué país nos dejará la autoproclamada 4T?


México no se transformó, la corrupción no se combatió, la transparencia nos abandonó, y la justicia parece que nos olvidó...

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